Leo la prensa venezolana (la que todavía se arriesga a denunciar los desmanes del gobierno nacional), leo los mensajes que me envían por WhatsApp relativos al mismo tema, y me deprimo. No porque ese gobierno sea pésimo y los efectos deletéreos que ha producido en el país llevará tiempo y sufrimiento reparar, sino porque las personas que lo componen son venezolanos. Es decir, ahí hay gente que creció comiendo arepas, empanadas, cachitos, pabellón y hallacas; gente que ha escuchado gaitas en diciembre; gente que ha ido a Choroní o a Macuto o a Los Roques o a Margarita o a Puerto Ordaz o a Mérida; gente que ha llamado a otro “mi pana” y que ha usado incontables veces la palabra “chévere”; gente que, para bien o para mal, vio al menos un episodio de Radio Rochela o del Show de Joselo o de Sábado Sensacional; gente que ha leído El Nacional o El Universal; en fin, gente de mi país que ahora adopta la actitud del pendenciero, del que sólo quiere escucharse a sí mismo, del que no se detiene ante el ruego del Otro que prácticamente le suplica que cambie de rumbo porque lo está matando, del que cada día formula la amenaza aquella que bien resume Silvio Rodríguez “dame o te hago la guerra”, del que hace y hará todo lo que esté en sus manos para quedarse indefinidamente en el poder y desde allí no beneficiar a nadie (porque dar para garantizar un voto no es un beneficio, es un chantaje encubierto), en fin, del que se alegra porque aunque le va mal ve que su vecino está peor. Esos venezolanos, al menos para mí, son irreconocibles. Nada en mi historia personal me preparó para el surgimiento en mi país de personas así y por eso mi tristeza. Mañana serán las elecciones parlamentarias y esos venezolanos están haciendo todo lo posible para que ese proceso no se desarrolle en sana paz. Sus declaraciones son incendiarias, beligerantes, pendencieras, y se les hace fácil el vilipendio y la descalificación de sus adversarios políticos. Noticias y rumores de trampas ideadas por el gobierno nacional y por quienes lo siguen pululan por las redes sociales. Mi tristeza quiere creer que no son ciertas, pero esa misma tristeza y, sobre todo, los hechos, es decir, la terrible crisis actual del país, me persuaden de lo contrario. Ojalá todo salga bien. Ojalá los que han causado tanto daño admitan no que perdieron unas elecciones, sino que ya es hora de hacer algo para que los venezolanos vivan tranquilos y seguros, sin tanta riña ni tanto afán de defender una ideología que es como el algodón de azúcar: fuera de la boca tiene mucho volumen pero cuando lo pruebas inmediatamente desaparece.
5 de diciembre de 2015
4 de diciembre de 2015
6D
En 2009, cuando los cuestionamientos al gobierno nacional venezolano comenzaban a cuajar, los legisladores chavistas aprobaron una ley hecha a su medida. Se trata de la Ley Orgánica de Procesos Electorales. Allí, los chavistas redistribuyeron el peso electoral: la provincia, que tiene menos electores pero simpatizan con el chavismo, tiene mayores cuotas de curules en la Asamblea Nacional, mientras que las seis entidades donde reside la mayoría de los venezolanos y donde es mayor el número de opositores, tienen una cuota menor. El desequilibrio entre el número de pobladores y la cantidad de votos a elegir es evidente. Dicho en cifras: 52% del electorado (10.091.717) reside en 6 entidades (Distrito Capital, Zulia, Miranda, Carabobo, Lara y Aragua), pero sólo elige 64 diputados. Por su parte, 48% del electorado (9.412.389) vive en 18 entidades pero puede elegir 100 diputados. En este sentido, aunque la oposición ganara donde las encuestas han dicho y dicen que ganará, los chavistas, si siguieran manteniendo su voto duro, aunque son menos, tendrían siempre la mayoría de diputados en la Asamblea. Ya he dicho que esta distribución respondió en su momento a las zonas de influencia favorables al chavismo, pero de 2009 a 2015 ha pasado mucha agua por debajo del tenebroso puente chavista, y las promesas no sólo no se han cumplido sino que la situación actual de crisis es insostenible. Así que seguramente los votantes duros que viven en esas zonas “seguras”, ya se habrán ablandado porque la realidad se impone y a pesar de las amenazas, los regalos de última hora, el chantaje laboral, el rancio discurso de la izquierda paranoide que en lugar de actuar puede pasar años denunciando conspiraciones, etc., la valentía de los que quieren y necesitan un cambio se impondrá. Quedan unas cuantas horas para que ese truco legislativo (ideado tal vez por el ejecutivo) deje de surtir efecto y que los electores voten no por una burbuja ideológica sino por el bienestar que, luego de 15 años en el poder, los chavistas no han podido proporcionar.
7 de noviembre de 2015
Peligrosidad
Debido a mi dilatada ignorancia, hoy me enteré de la existencia de una condición jurídica que define y aplica el Código Penal Cubano. Me refiero a la figura de “Peligrosidad social pre-delictiva”. De acuerdo con el artículo 72 de ese código, “pre-delictivo” significa “proclividad” a mostrar comportamientos opuestos a “las normas de la moral socialista.” Confieso que el sinsentido de esta figura excede por mucho mi capacidad de compresión. ¿Cómo es posible que se encarcele a una persona que aún no comete un delito? En este caso, la presunción de inocencia hasta prueba en contrario se pasa por alto o, mejor dicho, se invierte: eres culpable incluso antes de cometer lo que aquí se considera un delito. Y digo “delito” pero lo que este código estipula es que el “pre-delincuente” es un inmoral, en el sentido de que, en potencia, no sigue las costumbres socialistas. Lo inconcebible es que no seguirlas sea considerado peligroso. En este sentido, el mundo está lleno de personas muy peligrosas o pre-delictivas. Además, huelga decir que la pre-delincuencia tiene una fuerte marca ideológica, y que esa marca favorece a las personas que se consideran socialistamente correctos; entre ellos, a los que gobiernan la isla caribeña. Estos últimos no son simpatizantes o seguidores, sino productores y re-productores de esa moral lo cual los coloca en una posición opuesta a la pre-delincuencia y a la peligrosidad. Aclaro que no estoy juzgando a ese gobierno que tanta gente estima. Simplemente, estoy derivando algunas especulaciones a partir de un término que me resulta la mar de extraño. ¿Existirá en Cuba la inocuidad social post-delictiva, es decir, esa condición moral en la que ya no es posible ser apresado ni cuestionado porque ya se cumplió la condena pre-dilencuencial y se ha dejado de ser peligroso?
6 de noviembre de 2015
Vida
Cuando un bebé nace todo cambia. No me refiero al desvelo de los padres, sino a que el mundo gana una nueva vida, una nueva promesa, y los que están cerca del recién nacido ganan alegría. Hoy nació una bebé cuyos padres estimo mucho y que se merecen estar contentos con esta su segunda hija. Felicidades.
28 de octubre de 2015
24 de octubre de 2015
Corrupto
Acabo de ver un video de dudosa veracidad que, a pesar de eso, me resultó indignante. Una persona, que afirma haber sido fiscal de una república cuyo nombre ya no existe, confiesa que durante el juicio donde al final se condenó a más de una década de prisión a un activista político, hizo valer como verdaderas pruebas que eran falsas. Este fiscal arguye que sus actos fueron producto de presiones provenientes de sus superiores y de lo que él llama “el ejecutivo nacional”, i.e., el presidente de esa república. Exilado y protegido por un gobierno extranjero, el ex-fiscal sube a YouTube un video evidentemente casero y, además de su terrible confesión, advierte que si algo malo le llegara a pasar a él o a su familia, el responsable sería el gobierno que en otro momento le hizo cometer perjurio. ¿Por qué me resulta indignante? Porque este señor, con un tono entrecortado, una dicción maltrecha, una argumentación paupérrima y, a juzgar por su performance, un dominio casi nulo del derecho, era fiscal, es decir, era la persona que representaba y ejercía el ministerio público en los tribunales, pero al escucharla hablar uno no piensa en alguien con las competencias necesarias para administrar la justicia; todo lo contrario, nada en esa persona parece ni justo ni competente. Prueba de ello es que no tuvo la suficiente entereza moral para negarse a falsear la evidencia. No digo que tenía que salir al ruedo y denunciar la corrupción de los jueces y del ejecutivo nacional, sino que al menos pudo haber dimito: Prefiero renunciar a pervertir mi ministerio. Pero no fue así. Cedió a las presiones y el inocente ahora está en la cárcel. El fiscal corrupto sigue libre y, al menos en apariencia, no pagará por su crimen. Aclaro que la inocencia que atribuyo al condenado se basa en la declaración misma del fiscal: si tuvo que presentar pruebas falsas es porque no había pruebas patentes y, en consecuencia, no había delito que demostrar o no se podía demostrar que los actos del acusado en efecto eran punibles. ¿Cuántos elementos como ese seguirán activos en el sistema judicial de esa república? ¿Cuántas pruebas falsas estarán siendo ideadas por ese ejecutivo nacional? ¿Esas personas capaces de condenar a partir de pruebas falaces son dignas de gobernar un país?
2 de octubre de 2015
Zapata
Seis meses tarde me he enterado de la muerte de Pedro León Zapata. Había alcanzado ya los 85 años, así que no creo que me censuren si digo que tuvo una vida larga. No sé mucho de su biografía y jamás lo vi en persona. A Zapata lo conocí como figura cultural, como un hito de la historia del siglo XX venezolano, condensada en sus caricaturas. Con un tino que en muy pocos he visto, Zapata podía resumir en un dibujo y unas pocas palabras, acontecimientos realmente complejos de la vida nacional. Esa virtud seguro lo mantendrá en la memoria de sus compatriotas acaso por siempre, pero también fue la responsable de que resultara antipático a los ojos del poder. Desde mi punto de vista, esa es la más digna de las antipatías, la que se logra denunciando abiertamente los desmanes de quienes deberían procurar el bienestar de la sociedad y hacerlo despertando la hilaridad del público y al mismo tiempo su consciencia. Pero, aparte de su arista pictórica y de cronista de la actualidad, Zapata cuando hablaba demostraba ser también un humorista de primera, muy fino, muy agudo. Lo recuerdo en aquellos buenos tiempos de Rueda Libre; un programa radial realmente delicioso, que realizaba hacia el mediodía junto con Orlando Urdaneta y Graterolacho. Con su muerte siento que Venezuela pierde una mirada que siempre añadió una sonrisa a la sensatez. Sí, con Zapata muere un humor sensible y perspicaz en un país que cada día es más bruto, más circunspecto y más desgraciado.
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