28 de agosto de 2015
22 de agosto de 2015
Viento
Hay en nuestro idioma una locución que creo se dice poco pero se practica mucho. Me refiero a la locución ajar la vanidad de alguien, que significa “abatir su engreimiento y soberbia.” Esta no es, como pudiera pensarse, una acción vil; tampoco una afrenta. Es, al menos desde mi punto de vista, una lección de vida, una manera de atraer al destinatario hacia el mundo, un intento de sustraerlo de la insubstancialidad existencial en la que está sumido. Esta lección le va muy bien a los arrogantes, envanecidos y presuntuosos como yo. Y sin ánimos de seguir en la misma, haciendo un guiño lejano a Qohéleth, y viendo ya mi vanidad más que ajada, acaso la vida me esté diciendo que es hora de dejar de correr tras el viento.
5 de agosto de 2015
Utopía
Acabo de leer un texto firmado por Tomás Ibáñez que me ha resultado claro, evidente y ayuno de toda ambigüedad. Para mí es una presentación condensada del anarquismo; no del anarquismo que favorece el caos, sino del anarquismo que piensa posible un mundo sin Estado-nación. Yo suscribo esa idea y considero deseable que nos orientemos hacia una convivencia inclusiva, tolerante de la diversidad y desprendida de todo anhelo de poder. Utopía tal vez, pero, indudablemente, digna de alcanzar.
2 de julio de 2015
Opción
En Occidente se considera que el suicidio es censurable. Si uno ha de perder la vida que sea por causas naturales (v.g., vejez), por causas inevitables y ajenas a nuestra voluntad (v.g., una enfermedad terminal, un accidente) o porque un congénere así lo ha decidido (v.g., homicidio). Morir porque a uno le da la gana, eso no. Curiosamente, las organizaciones humanas que consideran que la vida es un valor que debe conservarse a toda costa, no generan las condiciones para que esa conservación se lleve a cabo de una manera óptima. Los sistemas de salud y de seguridad públicas suelen ser ineficientes, burocráticos, costosos y poco confiables, lo cual sigue dejando el suicidio como una opción.
Bucle
Debo ser una persona terrible porque cada vez que expreso una buena intención el Otro rápidamente considera que quiero todo lo contrario. Y lo peor de todo es que no puedo expresarla de otra manera, por lo que no logro convencer al Otro de que mi intención es buena porque no puedo sino usar las palabras con las que expresé la buena intención, porque no pueden ser otras palabras, así que el Otro sigue pensando que soy una mala persona y quedo atrapado en lo que llamo un bucle de injusticia. La imagen es la de esa persona que está atrapada dentro de una campana de cristal (como la de Plath), que ve a los otros pasar y les grita para que la ayuden a salir, pero esos otros, que no pueden escucharla, interpretan su desesperación como un acto cómico: la ven, sonríen y siguen de largo. A veces tengo la impresión de que Kafka es mi santo patrón.
Ornette
Enredado como he estado en la maraña de los sinsabores de la vida cotidiana, no me enteré de la muerte de Ornette Coleman. Ocurrió el 11 de junio de 2015, hace exactamente 17 días. Coleman tenía 85 años cuando su corazón ya no pudo seguir latiendo. Sin duda, un acontecimiento lamentable, aunque, al menos desde mi punto de vista, lo importante (asaz importante) fue su obra. Lo que Coleman legó a los músicos y a los melómanos no fue poca cosa. Mal quedaría yo si intentara hacer el florilegio de su herencia musical. Eso ya lo han hecho otros con innegable tino. Solamente quiero añadir un par de cosas. Cuando comencé a escuchar jazz, “Kind of blue” produjo en mí una especie de marca que se resume en la expresión “Así es como debe sonar el jazz”, pero más tarde, cuando escuché “The shape of jazz to come” esa expresión hizo un bucle parecido al que hace la Cinta de Möbius. Muchos años después, residiendo en Barcelona, quiso la vida y mis finanzas que asistiera a un concierto que Coleman dio en el Palau de la Música Catalana; específicamente, el 7 de noviembre de 2007. Fui solo y como no tenía a quien contar mi experiencia, caminé lentamente por la noche barceloní hacia la Plaza Urquinaona y de allí a la Plaza Cataluña y de allí a la Plaza Universidad y de allí seguí por la Gran Vía hasta la calle Casanova, donde vivía. Cuando llegué a la puerta de mi casa, no entré. Seguí de largo y fui al bar donde solía ir. Pedí la Carlsberg de siempre y sin decir nada a nadie bebí a la salud de ese hombre tan raro, tan libre, tan lúcido y, al mismo tiempo, tan loco. Paz a sus restos y que Dios le reserve un concierto en el Birdland Celestial.
7 de junio de 2015
Artista
Tarde he visto “The Artist” de Michel Hazanavicius. Seguramente, ya ha sido elogiada con suficiencia. Sin embargo, hoy quiero hacerlo yo. En estos tiempos dominados por el significante, hacer una película donde nadie habla o, mejor dicho, donde el uso de la palabra se reduce al mínimo y hacerlo con éxito, es una cosa rara. Confieso que postergué la experiencia porque tenía el prejuicio de que esa ausencia me generaría cierto aburrimiento. Ahora admito que fue una postergación tonta. The Artist no aburre en absoluto. Tiene un ritmo, un pulso anímico que impide “desconectarse” de la trama y de su estética en general. Además de las actuaciones y el plot mismo, la gran responsable de este rapto atencional es la música. Allí donde nadie dice nada, la música dice todo. En esta película, la música habla. Y su discurso es tan efectivo que entendemos cuando hay gracia y cuando hay desgracia. Yo incluso solté una lágrima llevado a ese punto por la melodía. De las muchas cosas que me resultaron atinadas y diferentes (aun para una propuesta nostálgica como esta) fue la fuerte presencia del amor, pero la ausencia de besos apasionados. Imagino que Hazanavicius, ya que se daba el lujo de prescindir de las palabras, también se dio el lujo de no optar por clichés expresivos. En fin, para mí, The Artist es una reivindicación del cine y verla es todo un lujo para lo que antes se conocía como espíritu.
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