24 de junio de 2016

Perspicacia


Malcolm Bradbury, viéndose en la necesidad de justificar por qué los críticos lo ubicaban en una esfera literaria particular, dijo un par de cosas que me resultan, no solo perspicaces, sino divertidas. Primero, con los géneros pasa lo mismo que con los coches deportivos: una vez que estás dentro es muy difícil salir de ellos. Segundo, no importa que un autor declare que el contenido de sus libros es ficticio, la gente siempre se las arregla para encontrar en ellos “hechos reales”. La parte divertida es que esta última idea la completa con una frase muy propia del humor inglés: “even though reality was abolished in the 1980s”, es decir, aun cuando la realidad fue abolida en los años ochenta. Creo que una de las cosas que más disfruto de algunos escritores como Bradbury o como DeLillo, o anteriores como De Quincey o Swift, es ese sentido de la oportunidad para introducir una frase que dibuja una sonrisa en el rostro del lector. Las propuestas estéticas que nos hacen sonreír son del todo valiosas. Esta es una afirmación riesgosa, pero creo que puedo autorizarme a decirla dada la naturaleza secreta de la mayoría de los blogs. Muy relacionado además con mi afición por la comedia, el mismo Bradbury decía que sus novelas, aunque muchos se las tomaban en serio, él las consideraba cómicas, es decir, que ciertas páginas estaban intencionalmente escritas para producir un reflejo fisiológico que en Bretaña llaman loughter, es decir, carcajada.

10 de abril de 2016

Amy

Anoche vi, por fin, «Amy», documental dirigido por el laureado Asif Kapadia. Se trata, como su nombre más o menos lo indica, de una biografía audiovisual de la cantante británica Amy Winehouse. Si bien la vida de esta talentosa cantante estuvo siempre en las primeras planas, Kapadia logró un producto «nuevo» conformado por videos de aficionados y versiones inéditas de algunas de las canciones de Winehouse. No echaré a perder esta novedad, solo haré referencia a un aspecto moral de la película que me dejó algo roto. Me refiero al uso de las drogas por parte de la protagonista. Eso tampoco es un secreto y, de hecho, si en un momento la popularidad de Winehouse se debió a su voz y a sus composiciones, en otro esa popularidad estuvo directamente ligada al uso excesivo e indiscriminado que la artista hizo de los estupefacientes. Sin embargo, lo «diferente» es la crudeza con la que Kapadia muestra el rápido deterioro de Winehouse debido a ese consumo; es simplemente devastadora. Casi lloré, y una y otra vez me formulaba las mismas preguntas: ¿por qué su talento no la hizo feliz? ¿por qué esa voluntad de autodestrucción? La película deja más o menos claras algunas «causas» que la llevaron por el camino de la amargura: Winehouse era una mujer emocionalmente frágil, la relación con sus padres no era del todo satisfactoria y el amor que le tuvo al hombre que se convertiría en su esposo fue todo un tormento. Con una vida así cualquiera busca evadirse, dirían por ahí. Pero, digo yo, ¿no pudo el canto haber sido su refugio en lugar de su condena? El arte pare ella fue una fosa que fue cavando poco a poco a fuerza de violencia contra sí misma. Esa tendencia me produjo desencanto y, al mismo tiempo, tristeza; aunque tal vez el «sentimiento» que me dominó fue la incomprensión (luego discutimos sobre el carácter afectivo de la incomprensión) expresada moralmente como censura. Algo en mí censuraba y censura esa opción tanatológica. Y la razón era y sigue siendo simple: saber hacer muy bien lo que pocos o nadie hace, y saber que eso que haces produce un efecto vital en los demás, solo debe traducirse en extensión de la vida, no en su acortamiento. El octogenario cantante Tony Bennet lo resumió sabiamente en una frase que, según él, le hubiera gustado decir a Amy: «Life teaches you how to live it if you live long enough.» [La vida te enseña a vivir, si vives lo suficiente]. Winehouse no pudo aprender porque la muerte la alcanzó joven. Digo la alcanzó, pero, desde mi punto de vista, cada vez que la tuvo cerca, en lugar de correr y alejarse, Amy disminuyó el paso, hasta que la Parca le detuvo el corazón. Vean este documental y aprendan lo contrario.

27 de marzo de 2016

Sorpresas

Anoche vi “Batman v. Superman”. No soy experto en la materia, pero mi afición por los ejercicios de imaginación y mi espíritu netamente snob me impulsaron a ir al cine a ver la película del momento. Dada mi ignorancia, mis expectativas no estaban contaminadas y tenía un horizonte abierto para la sorpresa y, en efecto, me sorprendí. Específicamente, me sorprendió el final, pero de eso no hablaré aquí para no arruinar la fiesta de las que todavía no la han visto. Sin embargo, sí haré referencia a algunas sorpresas menores que los entendidos seguramente definirán como ingenuidades propias de una mente mal informada y simple como la mía. La primera: Clark Kent y Lois Lane viven juntos; tienen una relación amorosa y ella sabe quién es él. La segunda: Clark Kent no sabe que Bruce Wayne es Batman. La tercera: Lex Luthor tuvo un hijo que es tan astuto y tan vil como su padre. La cuarta: la madre de Clark Kent y la madre de Bruce Wayne eran homónimas. La quinta: Superman tiene un lado oscuro que lo acerca peligrosamente a la megalomanía. La sexta: Wonder Woman, aparte de ser terriblemente atractiva, también es más fuerte de lo que recordaba; además, creo que es inmortal o los años no hacen mella en su piel ni en el resto de su cuerpo. La séptima: por alguna de las múltiples salidas de la corrección política, Perry White, el editor en jefe del Daily Planet, no es white sino black, de allí que sea interpretado por Laurence Fishburne. La octava: que hayan escogido a Amy Adams para interpretar a Lois Lane me sorprendió más de la cuenta; Adams (no es su culpa sino de los guionistas) encarna a una reportera cuyo carácter aguerrido se ve opacado por la falta de salero (que, por cierto, le sobra a Wonder Woman). Digo que me sorprendió porque vi a Adams en el papel de Margaret Keane, en “Big Eyes” de Tim Burton: simplemente maravillosa. Pero aquí creo que el papel no le hizo justicia a sus virtudes histriónicas. Finalmente, la mayor y mejor sorpresa fue ver la actuación de Jesse Eisenberg haciendo de Lex Luthor, Jr. No tengo yo las palabras para describir su trabajo; suficiente será con verlo en pantalla. Sólo diré que ya es una costrumbre que los villanos se roben el show y opaquen a los héroes. Resumiendo, “Batman v. Superman” es una película entretenida con un fondo moral que no hay que descuidar, si uno logra distinguirlo a través de la densa niebla de los efectos especiales y de la fuerza mítica de los personajes centrales. Vayan a verla.

16 de marzo de 2016

Desgaste

Los líderes del gobierno nacional venezolano, y muchos de sus seguidores, han convertido cierta manera de responder en un modus operandi que tal vez esté contando sus últimos días. No importa el tipo de denuncia que se haga, siempre afirman que todo es parte de una sofisticada aunque evidente conspiración que sólo persigue perjudicar al gobierno y obstaculizar sus buenas intenciones. Suponiendo que no es evasión de responsabilidad, sino que en efecto esa conjura existe, ¿por qué el gobierno no logra contrarrestarla? Digo, si se trata de un complot bien orquestado, entonces debería ser secreto (o muy difícil de descubrir) y sus efectos ser sorpresivos, deletéreos y, sobre todo, inexplicables. Si se trata de eso, entonces la consabida respuesta carece de validez porque el gobierno no sabría a qué se deben los efectos negativos. Pero si se trata de un complot mal orquestado, es decir, que ya no es secreto y, en consecuencia, no puede ni sorprender ni producir efecto negativo alguno, y siempre es posible explicarlo, ¿por qué sigue perjudicando a la gente y no hay, por parte del gobierno, unas acciones concretas para paliar o neutralizar el perjuicio? A veces, las palabras son como las piezas de un mecanismo móvil, tienden a desgastarse. El mecanismo sigue funcionando pero mientras más desgaste su eficiencia desmejora significativamente. Al final, solo algunas personas continúan confiando en él y el resto o busca o espera una máquina nueva. Seguir creyendo que el imperialismo yanqui es el cabeza de turco de todo lo "malo" que sucede en Venezuela porque ha organizado un complot cuyas manifestaciones son múltiples e ineluctables, es seguir creyendo en una respuesta fatigada, que nada explica y nada resuelve.

21 de febrero de 2016

Presos


Me cuesta asimilar la idea de “preso político”. Digo, por lo general, los presos políticos son llevados a la cárcel porque manifiestan abiertamente que no están de acuerdo con alguna postura gubernamental particular. Dependiendo del régimen donde expresen su divergencia, les va mal o les va peor. Si el régimen se postula como democrático, va a la cárcel por razones legales hiperbólicas, casi siempre de tipo criminal que astuta y tendenciosamente son desplazadas hacia su caso. Si el régimen es dictatorial, va a la cárcel y a veces es ejecutado por razones igualmente hiperbólicas pero sin los rodeos hipócritas de los aparentes demócratas. Al dictador, que casi nunca tolera las críticas y menos aún los actos contrarios a su gestión, no le tiembla el pulso para apresar y condenar a quien califica de desestabilizador o de violento o de fascista o de enemigo del pueblo o simplemente de traidor a la patria. A veces, ocurre que se mezclan ambas posturas, es decir, el gobierno cuestionado políticamente se define como una democracia, pero actúa como una dictadura. Tal es el caso de Venezuela, como tanta gente no se cansa de denunciar. Desde hace 17 años, ese país está siendo gobernado por personas que han llegado al poder por la vía del voto, pero que además de haber demostrado ser muy ineficientes a la hora gestionar los asuntos públicos, también han mostrado abiertamente que no toleran el disentimiento ideológico.  Son impermeables a la crítica y sistemáticamente descalifican a los críticos. Si esos críticos se convierten en una piedra en su triste y costoso zapato, entonces lo llevan a la cárcel o abren un juicio en su contra. Hoy, en la Asamblea Nacional venezolana, los diputados opositores están proponiendo una Ley de Amnistía para los presos políticos. Delsa Solórzano, presidenta de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional, afirmó que se beneficiará a más de 30.000 personas: “Hablamos de 115 presos políticos, más de 2.000 personas sometidas a proceso penal, pero también de los empleados públicos que puedan sentirse perseguidos”, según leo en una nota publicada en El Nacional. Desde mi punto de vista, con esa cantidad de beneficiarios, esa ley es urgente, pero no dejo de pensar que es una vergüenza que haya gente en la cárcel por haber participado, organizado o convocado manifestaciones, protestas o reuniones con finalidad política. Son treinta mil beneficiarios según la ley que se propone, pero mientras no entre en vigor el salvavidas legal son treinta mil perjudicados por la intolerancia salvaje de una personas que difícilmente pueden llamarse venezolanos. No tiene patria aquel que no entiende la diversidad connatural de los pobladores de cualquier nación.

Brooklyn


Anoche vi una película con un nombre simple pero con un contenido intenso: Brooklyn de John Crowley. Ha recibido buenos comentarios y muchas nominaciones para ganar premios tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. No sé si es para tanto. Es una historia de amor en el marco de la migración durante los primeros años de la década de 1950. En ese sentido, carece de originalidad. No obstante, ser original no creo que haya sido la meta de los guionistas, o del autor del libro que sirvió de base para la película. Creo que el quid de esta historia es lo que rápidamente llamaré “la experiencia vital”. La protagonista, una joven irlandesa que migra sola a New York, muestra con una intensidad sin aspaviento las peripecias afectivas producidas por su adaptación al nuevo contexto y por la manera como gestiona los imperativos de su nostalgia. Al final, triunfa el amor (cosa que tampoco es original). Pero, insisto, la falta de originalidad no es lo importante, sino el pulso y sintonía sentimental que logra la historia. Me sentí conmovido, emocionado, de la mano de Eilis, cuya mirada y sufrido laconismo, no dejan indiferente a los espectadores. La sala estaba llena y durante las escenas donde predominaba el silencio, la sala permanecía igualmente callada, como si nadie respirara. Por momentos pensé que los asistentes estaban completamente sumidos en el mundo presentado por la película, tanto que se olvidaron de sus palomitas o que el nudo que se les hacía en la garganta no les permitía tragar nada. En fin, para las personas que aún siguen este blog, Brooklyn puede resultar una opción plausible si quieren experimentar unos minutos de sensibilidad estética.

20 de febrero de 2016

Miedo


Ayer un personaje de una película llamada Zootopia, decía esto: “El miedo siempre funciona”. No pude evitar asociarlo con la situación política, económica y social que desde hace 17 años padece Venezuela. Cientos de analistas han invertido una gran energía cogitativa para comprender lo que sucede en ese país. No sé si han dado en el blanco, pero ese personaje (un cordero, por cierto) acaso sin querer resumió en dos segundo eses tres lustros de desdicha psicosocial. Lo que ha venido funcionando en Venezuela durante todo ese tiempo ha sido, precisamente, el miedo. Chávez enseñó a los venezolanos a tenerle miedo a todo porque él le temía a todo. Solo una persona miedosa invierte tanto dinero en comprar armas para defenderse de enemigos que hasta ahora nadie ha podido ver con claridad (al menos no fuera de su discurso). Solo un miedoso pone al vecino en contra de su vecino. Solo un miedoso decide que para vivir tranquilo es mejor seguir un solo camino y no contempla alternativa alguna de rectificación en caso de equivocación. Igualmente, la política del miedo también es paranoica. Siempre está distinguiendo signos de conspiraciones, conjuras, traiciones, etc. El miedoso, desconfía y la desconfianza es otra de sus fatales enseñanzas. Hay que sospechar; tal es la consigna gubernamental. El miedo, obviamente, es el gran obstáculo para lograr un cambio, porque el miedoso necesita sentirse seguro y el cambio siempre supone un amplio margen de incertidumbre. Así que mejor no cambiar o ver en aquel que propone un cambio a un traidor de marca mayor. El miedoso no resuelve, busca culpables, y cree que identificar la causa de un problema es ya una solución. A los chavistas de hoy, por ejemplo, no les importa que no haya comida, lo que les resulta relevante es afirmar una y otra vez que se trata de una guerra económica y que por eso no hay comida y ya, santo remedio, identificaron la causa, pero ¿y la comida dónde está? El miedo vive mal no tenerlas todas consigo, por eso no entiende la diversidad ni los puntos de vista divergentes. La idea de un gobierno compuesto por elementos extra-chavistas es una idea sumamente abstracta o, mejor dicho, es una idea absurda porque el miedoso sabe que lo que más teme viene precisamente de afuera, es decir, de todo aquello que no pertenezca a esa burbuja enrarecida en la que vive. En fin, solo el miedo mantiene ese sistema y superarlo es indispensable para superar la crisis actual. La misión del venezolano actual es ser valiente, olvidar lo que aprendió del chavismo: el miedo cotidiano que nos susurra al oído una y otra vez "no puedes hacer nada, resígnate".