En los tiempos que corren, los medios técnicos han alcanzado un punto de desarrollo tal que casi cualquier producto de la fantasía puede hacerse realidad en la superficie plana de una pantalla. Algunas producciones son tan cuidadas que llegamos a creer que todo lo que se muestra es real. Curiosamente, junto con esa tendencia, esos mismos medios han permitido el surgimiento de otra que inyecta a la realidad una fuerte dosis de hipertelia, es decir, intenta exceder los límites de la realidad, llevándolos a un extremo tal que no podemos dar crédito a lo que nos muestran. Más real que la realidad: hiperreal (diría Baudrillard). Así, sin efectos especiales, nos dan una especie de bofetada semiótica con signos cuyo sentido no encuentra acomodo en nuestro entendimiento. Por eso, queriendo o sin querer, los enviamos directamente a ese lugar de nuestro espíritu donde lo más importante no es pensar, sino entretenerse. De hecho, si antes se oponían pensamiento y sentimiento; ahora el opuesto del pensamiento es el entretenimiento. Digo todo esto porque acabo de enterarme de la existencia de un programa protagonizado por personas de carne y hueso, que no actúan sino que son como son y confieso que no pude dar crédito a lo que veía y, sobre todo, escuchaba. El programa, que pertenece a lo que el diario La Razón llama “telerrealidad”, se denomina "¿Quién quiere casarse con mi hijo?" Rápidamente, el programa consiste en lo siguiente: una madre y su hijo van a un canal de televisión dispuestos a mostrar las virtudes del segundo con el fin de encontrar a una mujer que se case con él. Éste, al final, podrá escoger si casarse y hacer una vida marital independiente o si rechaza a todas las candidatas y sigue en casa con su madre. El impacto que me generó la mecánica del programa fue tal que aún ahora no tengo nada claro qué decir al respecto. Si alguien tiene un argumento de partida, con gusto lo recibiré y, si puedo, le daré continuidad.
16 de julio de 2011
1 de julio de 2011
Europa
Era tan intolerable como un rey soltero.
Roland Barthes
Desde América Latina, muchos ven a Europa como el corazón del buen vivir. El mundo europeo, según el imaginario latinoamericano, es limpio y seguro, la tecnología es discreta pero patente y está integrada a la vida cotidiana con el fin de hacerla mejor. De hecho, la idea de calidad de vida, según ese mismo imaginario, alcanza en Europa su máxima expresión. Del mismo modo, en el plano de las ideas, se piensa que Europa es un lugar de avanzada, un lugar donde las ideas progresistas y las vanguardias surgen y se practican por todos lados. No obstante, luego de vivir un tiempo de este lado del charco y luego de haber matizado bastante el sueño europeo, hay tres cosas que me siguen desconcertando: 1) Los europeos no creen en su propio bienestar, 2) Sienten una pasión desmedida por el futbol y 3) Siguen considerando admisible la existencia de la realeza. En relación con esto último, recientemente se han casado dos príncipes, y el revuelo en ciertos sectores de la población ha sido, insisto, desconcertante. Los periodistas, visiblemente emocionados, han usado expresiones del tipo “el príncipe heredero se dirigió a su pueblo”, “el pueblo espera gustoso que un heredero legítimo al trono”, etc. Aparentemente, parece que un príncipe casado es la gran expectativa de los súbditos y, también, cuando se cumple, un alivio porque esos súbditos tendrán reyes para rato.
23 de junio de 2011
Burocracia
Mucho seso se ha gastado en filosofía tratando de definir la realidad. Sin embargo, los burócratas, sin ser en absoluto sesudos, siempre lo han tenido claro: lo real es un documento firmado y sellado por alguien. Más acá o más allá de esa condición, el burócrata no transige y considera fuera del marco de la realidad admisible cualquier cosa que no sea así. Pero no hay que desesperar, esta especie de reducción ontológica intrínseca no es del todo hermética. El burócrata siempre puede producir un documento firmado y sellado por él mismo dando un plazo para que el Otro-irreal, es decir, el indocumentado o el extraoficial, sufra una metamorfosis documental y pueda entrar a formar parte de la realidad antes de la fecha límite. Desgraciadamente, el poder de esta simpleza es enorme e ineluctable, por eso vivimos rendidos ante su lógica o como decía no recuerdo quién “ante ese muro ciego”. Bien sabemos que sin firma ni sello no somos nada.
14 de junio de 2011
Tristes
Como la mayoría de los poetas, hay personas aficionadas a las cosas tristes. Y, como decía Nietzsche, a la hora de la alegría siempre se traicionan a sí mismas. Tomemos por caso el revolucionario que ha luchado con denuedo por liberar a los oprimidos. Cuando logra hacerse con el poder, en lugar de dejarlos libres, crea unas leyes donde les dice lo que significa la libertad y de lo mal que les irá si deciden actuar al margen de esa ley. Esa manera de proceder, al menos para mí, revela la tristeza profunda del libertario.
22 de mayo de 2011
Ingenuidad
En la mitología política, el Bien siempre ha estado representado por el horizonte de posibilidades de transformaciones que promete la izquierda y el Mal por los excesos de exclusión y conservadurismo que comete la derecha. En la realidad política, el Mal está representado por los errores prácticos cometidos por la izquierda cuando está en el poder y el Bien por la calma que genera en la población la demagogia vulgar y descarada de la derecha cuando aspira al poder. Por lo general, las personas se ilusionan con la izquierda pero casi nunca le dan la oportunidad de gobernar. Cuando lo hacen, la izquierda, bienintencionada pero mal adiestrada en asuntos gubernamentales, les decepciona y corren a refugiarse en el infierno paranoide y racista de la derecha. Hoy, en España, este proceso se ha repetido de una manera ejemplar. El partido socialista que ya lleva años en el poder, ha sido castigado por la población electoral que ha hecho ganar a la derecha con una contundencia que no deja lugar a dudas. Aparentemente, las personas esperan que con la derecha, tal como lo ha prometido, el índice de desempleo no sólo se reduzca, sino que desaparezca; que los autónomos se enriquezcan y que, en general, la vida sea buena y feliz, es decir, todo lo contrario de la vida en tiempos de izquierda. Espero que el precio de esta esperanza, tan parecida a la ingenuidad, no sea demasiado alto para la sociedad española.
21 de mayo de 2011
Ventaja
Un hombre que huye no es aquel que va de un lugar a otro mientras le persiguen, sino aquel que esté donde esté siempre siente que están a punto de darle alcance. Por eso, en la medida de lo posible, sigue un camino que incluso él desconoce. Con mucha más frecuencia de la que hubiera deseado, he tenido que ser ese hombre. Por fortuna, entre mis eventuales, acaso imaginarios, captores y yo la ventaja suele ser mía.
Mientras
Pero siempre que lo intento
ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento
a silbar mi melodía.
ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento
a silbar mi melodía.
Joaquín Sabina
Esos cuatro versos pertenecen a una canción muy triste llamada «Calle Melancolía». Por razones que ahora no sé explicar, la canción me gusta mucho y la escucho con cierta frecuencia. Su compositor, Joaquín Sabina, al menos desde mi punto de vista, debería sentirse satisfecho de haber podido resumir de una manera tan precisa y al mismo tiempo tan sentida un estado de ánimo que se me ocurre llamar, precisamente, melancolía. Dice el diccionario, que es como el mercadillo de los poetas, que melancolía es una «tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.» En cada imagen de «Calle…» no es posible desentenderse de la atmósfera melancólica que la rodea. Una yegua sombría, un cielo cada vez más lejano, el paisaje de antenas y cables, la cuesta del olvido, el crucigrama…, todo es triste y sin embargo bonito. Tanto que con gusto me sentaría en esa escalera a silbar con él mientras llega el próximo tranvía.
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