Nunca como ahora me han hecho sentir que valgo poco o nada. Vivir en el extranjero, específicamente en España, consiste precisamente en eso: en hacerte ver que para alcanzar el status de existente digno, es decir, legal, debes cumplir con una serie de requisitos cuyo cumplimiento supone vérselas con gente que una y otra vez te dice que vales poco o nada, que este país no te quiere y que sólo a regañadientes o por unas razones irrefutables del tipo ‘no queda otro remedio’ aceptará que vivas legalmente en él. Estas formas de exclusión tienen que ver con la ilusión nacionalista basada en el cálculo económico: en este país solamente puede vivir la gente que le da dinero al Estado para que éste le ofrezca servicios de salud. El que no pueda pagarlos debe pagarse unos servicios privados y si tampoco puede hacerlo entonces debe marcharse. Ya me iré.
12 de septiembre de 2011
Dios
Una de las características más terribles y, al mismo tiempo, más atractivas del dios judeocristiano es su tendencia a cometer errores. Sé que afirmar que una entidad de la cual se predica la perfección, la omnisciencia, la omnipotencia, la ubicuidad, la eternidad y demás totalidades, se equivoca puede sonar contradictorio, pero, precisamente, por el hecho de poseer semejantes virtudes la probabilidad de equivocarse aumenta significativamente. Es decir, es más difícil que cometa un error si sólo puede estar en un lugar a la vez, pero si puede estar en todos al mismo tiempo algún fallo ha de ocurrir. Lo mismo pasa con la omnisciencia: el que sabe poco, poco se equivoca, pero el que sabe todo si no en todo en algo puede equivocarse. Finalmente, el que todo lo puede, puede acertar, pero también errar. Si pensamos, por ejemplo, en el ser humano, quien fuera creado a imagen y semejanza de Dios, esto de la equivocación divina cobra fuerza. Los humanos podemos estar y estamos en todas partes y mientras más lugares habitamos más nos equivocamos; mientras más conocimientos acumulamos, más nos cuesta tomar las decisiones adecuadas para mejorar nuestra existencia; y, en general, mientras más poder tenemos, más errores cometemos. Afortunadamente, el Dios falible y su criatura homóloga tienen una posibilidad de salvación: el propósito de enmienda.
10 de septiembre de 2011
Cacique
Según leo en una noticia aparecida en El Nacional, varios representantes de las comunidades indígenas asentadas en Venezuela coronaron al presidente de ese país como «Gran Cacique de los pueblos ancestrales». Al mismo tiempo, rezaron a todos los dioses disponibles para que el Gran Cacique tuviera salud y la conservara. Aparentemente, los rezos llegaron tarde porque ayer mismo el mandatario anunció que ya no estaba enfermo, sino convaleciente y que debían anotarlo en la lista de las personas que le ganaron la batalla al cáncer. Ahora bien, si los rezos llegaron cuando ya no era necesario, creo que también habría que retirarle el título que los chamanes le impusieron al presidente. Digo, ya se hace llamar comandante y ya ha demostrado ser muy afín a ideas mesiánicas. Ser cacique, aparte de tautológico en su caso, me parece además una exageración peligrosa si llega a creerse tal. Para una muestra de los riesgos que representa ser cacique aquí les dejo las tres acepciones que contempla el Diccionario (cualquier parecido con la realidad no sé si es pura coincidencia):
1. m. y f. Señor de vasallos en alguna provincia o pueblo de indios.
2. m. y f. Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo.
3. m. y f. coloq. Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos.
9 de septiembre de 2011
Ex-conquistadores
Antes, hace apenas poco más de 500 años atrás, los españoles llegaban a un lugar remoto y, sin mediar negociaciones de ningún tipo, decretaban unilateralmente que ese lugar les pertenecía. Así hicieron con dos terceras partes de un continente que luego llamaron América hasta que los criollos descendientes de esos mismos españoles decidieron independizarse. Los aborígenes de aquellas regiones, como ya se sabe, tuvieron todas las de perder y casi estuvieron al borde del exterminio total en nombre de la corona española, que daba financiamiento económico, y de la iglesia católica, que daba financiamiento espiritual a los terribles conquistadores. Pasados esos 5 siglos, España, aparentemente, ha logrado olvidar sus desmanes colonialistas y actúa como si nada hubiera pasado. Incluso, niega férreamente cualquier relación entre los nativos de América y los nativos españoles que pueda favorecer que los primeros se desplacen libremente hacia el territorio de los segundos. Ningún latinoamericano puede venir acá, a la tierra de buena parte de sus antepasados, por propia voluntad a quedarse y hacer una vida. Para hacerlo debe tener unas razones de peso que el propio reino de España ha definido con la sutileza legalista y burocrática propia de los procesos de exclusión. Vivir aquí es cosa que solamente deben hacer los españoles. Ningún Rodríguez nacido en América debe pensar que tiene alguna herencia que reclamar a sus ex-conquistadores.
4 de septiembre de 2011
Narco
Hace poco mi familia y yo tuvimos que hacer escala en el aeropuerto Charles de Gaulle en Paris y trasladarnos de éste al aeropuerto de Orly, en la misma ciudad. Luego de pasar por inmigración y de recoger nuestro equipaje, caminamos por un pasillo donde dos hombres uniformados nos pidieron que nos detuviéramos. Solicitaron nuestros pasaportes y mientras los revisaban preguntaban de dónde veníamos, a dónde nos dirigíamos y qué haríamos al llegar a nuestro destino final. Uno de ellos mostró particular interés en mí y no creyó que yo fuera estudiante. Así que aparte de pedir mi permiso de residencia en España, donde en letras verdes y grandes dice «Estudiante», me pidió el carnet de la universidad donde estudio. Vio ambos documentos durante apenas unos segundos y acto seguido pasó por mi cuerpo y por sobre las maletas un artefacto que llevaba en las manos. Conjeturé que era una especie de detector de metales, pero me equivoqué, pues luego lo introdujo en otro artefacto que tenía una pantalla que inmediatamente indicó que algo andaba mal en mí. Acto seguido, el oficial me dijo que abriera las maletas. Pregunté qué sucedía y me dijo que había partículas de heroína tanto en mí como en mi equipaje, específicamente, en el equipaje de mi hija de 6 meses de edad. Abrí, pues, esa maleta, y a petición del oficial, también abrí las otras dos. Revisó y revisó y el artefacto seguía diciendo que allí había heroína. El oficial volvió a escanearme y el artefacto decía que yo tenía heroína en los bolsillos del pantalón que, a todas estas como en el caso de las maletas, no tenía heroína alguna. Mientras me escaneaba me hacía preguntas para confirmar sus sospechas, digo, para confirmar que yo era un narcotraficante: ¿Usted consume heroína? ¿Ha comido en el avión? ¿Qué ha comido? ¿De dónde trae esa maleta y a dónde la ha llevado? Al mismo tiempo, tocaba mi abdomen para ver si detectaba el alijo de drogas que esperaba encontrar porque, aparentemente, un hombre, su pareja y su bebé, todos latinoamericanos provenientes de México, eran un trío que encajaba perfectamente en su estereotipo de narcotraficantes. Además, su detector de heroína no podía estarle engañando. Luego de una media hora de revisiones y de preguntas, el oficial, evidentemente desconcertado, nos dejó pasar, admitiendo que no entendía nada de lo que había sucedido, pues si el detector decía que teníamos heroína la revisión tenía que haber dado como resultado el encuentro de heroína. Pero, como he dicho, no encontró nada porque no había nada qué encontrar (en toda mi vida solo he tenido contacto visual con la droga a través de la pantalla del televisor). Seguimos, pues, adelante tragándonos la indignación y sufriendo a regañadientes la indefensión del viajero promedio ante un tratamiento tan vejatorio. No obstante, no dejo de pensar que los protocolos de seguridad en los aeropuertos de aquí y de Latinoamérica, son una mierda: revisan al inocente y siempre sospechan de él, mientras que, como ya sabemos, la droga entra y sale de los países como Pedro entra y sale de su casa sin que nadie logre detener ni su consumo ni su comercio. A la pantomima de la seguridad habría que oponer la fuerza de la honestidad, aunque sepamos que la guerra del honesto siempre es una guerra perdida.
Deporte
Me gusta el deporte, pero no tengo la fuerza moral para defenderlo como actividad humana excelsa y necesaria. Para muchos, el deporte es un arte especial y los deportistas son seres especiales que merecen nuestro respeto y admiración. Incluso, merecen cobrar más dinero que cualquier otro profesional, y algunos así lo hacen. Si usted es médico y hoy a lo largo del día ha logrado salvar la vida de, digamos, unas once personas, nunca llegará a cobrar tanto dinero como el que cobra el futbolista portugués Cristiano Ronaldo por desplazar un balón con sus pies durante unos minutos. Si usted es un activista social preocupado por el presente y el futuro de la humanidad y quiere reunir a noventa mil personas el próximo domingo para hablarles sobre la importancia de su preocupación y de la necesidad de que se sumen a su causa, no tendrá tanto éxito como el que tendrá un anuncio televisivo de 30 segundos convocando para ese mismo día a presenciar un enfrentamiento entre el Barça y el Real Madrid. Aparentemente, al menos en Europa, nada hay más interesante y nada despierta tanta emoción como ver correr a 22 hombres tras una pelota que, como decía Borges, es más inteligente que ellos.
Poesía
No tengo corazón para la poesía ni tolerancia para los que se hacen llamar poetas. Siento que se trata de una actividad que pertenece al orden del gasto improductivo y de unas personas que se dedican a usar las palabras como quien usa el jabón para hacer pompas. A veces, solo a veces, me detengo y leo algún verso y digo «qué bonito», pero ese resultado, absolutamente casual, es una rareza. Hubo un tiempo en que me sucedía todo lo contrario, es decir, un tiempo en que la poesía me parecía un ejercicio literario excelso y los poetas unos seres especialmente dotados para hacerle un bien al mundo. Yo era un adolescente y, como todo adolescente, me sentía desgraciado y no sabía qué hacer con tantas fuerzas vitales como las que se tienen entonces. No digo que he envejecido. Digo más bien que ahora me cuesta un poco más entender esa manera deportiva de asumir el lenguaje.
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